El destino lo cruza a Constantino allá por 1894, justamente un 25 de mayo, dando lo mejor de sí, su voz, para homenajear con el himno nacional a la que ya es su patria: la Argentina.Corren los primeros años del siglo XX. Argentina, talentosa, crece y asombra al mundo como una de las primeras potencias. Constantino, también talentoso, crece y asombra al mundo con su voz potente. Argentina se regala el Teatro Colón, Constantino regala este teatro a Bragado. Apogeo cultural en Argentina, regocijo musical en el Constantino.
1928, un ciclón daña el escenario del Constantino y obliga a cerrar el foso de la orquesta: es el preanuncio de otro silencio, el de un país que comienza a apagarse. En la Argentina décadas de democracias interrumpidas, en el Constantino, décadas de espectáculos deslucidos.
1976, otra dictadura que arrasa, que demuele sueños. Lastimado, poco después, el Constantino deja caer una parte de su fachada; un mandatario militar ordena demoler, pero un grupo de ciudadanos sostiene el sueño.
1983, la Argentina comienza a despertar, el Constantino se despereza.
Despunta el Siglo XXI, la Argentina descubre su mayor fortaleza en ese que está allí, y en aquella, y aquel otro, y ese otro, y otra más. Son ciudadanas y ciudadanos inquietos. El Constantino también los encuentra. Se reconocen, liberan su garganta y, como hoy -22 de noviembre, día de la música- vuelven a cantar juntos.
Dicen que todos los teatros tienen su duende, es decir su dueño. Los países también lo tienen. El ex intendente Orlando Costa, el actual intendente Aldo San Pedro, el programa Auditoría Ciudadana se han entrelazado y tienen un lugar en esta historia, pero el duende del Constantino, el duende de la Argentina no le pertenece a ningún gobierno. Está dentro de cada uno de nosotros, de cada uno de ustedes. Sintámoslo, amémoslo, apreciemos su belleza, y no permitamos, NUNCA MÁS, que nadie vuelva a dañarlo, o nos lo quite.




