martes 3 de marzo de 2009

El Espejo

Cuento de Analía Sivak que obtuvo el Primer Lugar en el Primer Concurso Regional de Narrativa "des-CONTAR EL HAMBRE" patrocinado por la Iniciativa América Latina y Caribe sin Hambre de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO).

Los vecinos del barrio –los que la ven– la llaman “la nena”. Tiene al caminar una manera de implorar que no la miren, un estar pidiendo permiso de habitar el mundo. Camina lento, como si la energía no se hubiera gestado aún en sus seis años o como si ya se le hubiera gastado por completo. Lleva un vestido oscuro que algún día tuvo colores y carga en los pies unas zapatillas un poco más grandes de lo que deberían ser. Llega a la esquina y se sienta. Enfrente hay un bar y la nena se sentó para mirarlo a través de la ventana.
Con los pies en el asfalto, sentada en el cordón de la vereda, se dispone a comer. Sostiene el plato con sus brazos flojos, como si alguien le estuviera sirviendo comida, y dice gracias. Coloca el plato en el suelo. Acomoda hacia atrás los mechones de pelo que le caen sobre la cara, y sonríe. Mira la ventana del bar de enfrente. Vuelve a mirar su plato y comienza a cortar la carne. Mueve los labios como si estuviera hablando con alguien. Clava –con la fuerza que esos brazos no parecían tener– el tenedor en el pedazo más tierno de carne y se lo lleva a la boca. Mastica con ruido, con la boca, con los ojos. Vuelve a cortar otro trozo de la carne que no se acaba y se lo lleva a la boca. Come la carne más rica del mundo. Seguirá mucho tiempo imaginando que come. Cada tanto levanta la cabeza de su plato y mira hacia adentro del bar.
Adentro, la familia Molinos está sentada en la mesa al lado de la ventana. El mozo trajo para Ramón unos ravioles y a Emilia un muslo de pollo con ensalada. Para sus hijos pidieron carne con papas que el mozo dejó en el centro de la mesa y la mamá dividió entre sus hijos. Le sirvió primero a Coco que le dijo “no quiero tanto” y después a Marianita, que sosteniendo su plato le dijo “gracias”. Ahora terminaron de comer y piden permiso para ir a jugar.
Entonces se levantan los dos y corren hasta el fondo del lugar y tocan la pared del fondo como si hubiera sido la meta y después siguen corriendo entre las mesas. Marianita está delante y Coco desde atrás extiende sus brazos armando una pistola con sus manos y las mueve como si fueran una ametralladora y le grita a Marianita ruidos extraños y le dice “¡te maté!”. Marianita se da vuelta riéndose y también le apunta con sus brazos diminutos intentando copiar la pistola de su hermano. Se acercan la ametralladora de Coco y la de Marianita y además del ruido a disparo ahora se pegan y Marianita empieza a llorar.
Los padres escucharon el llanto y ahora se levanta Ramón y los busca. Alza a Marianita en sus brazos y mira serio a Coco:
–¿Por qué le pegaste? –pregunta con tono de castigo.
–No le pegué. Estaba jugando a que le pegaba.
Marianita dice que le duele y sigue llorando. Vuelven a la mesa. El mozo les lleva la cuenta. Pagan y salen a la calle. Marianita ya dejó de llorar pero pide seguir en brazos de su padre. Sale la familia Molinos del bar. Ramón carga a Marianita. Al costado va Emilia con Coco de la mano. Esperan a que pase un auto, Ramón toma a Emilia de la mano y cruzan los cuatro la calle. Coco ve a la nena que sigue comiendo su carne y tira del brazo de su mamá para que preste atención a lo que va a decir. Señala con su dedo extendido y le dice:
–Mirá mamá, esa nena juega a que está comiendo.